El chupete ha sido durante generaciones un recurso habitual en la crianza de bebés y niños pequeños. Tranquiliza, calma el llanto y ayuda a conciliar el sueño. Sin embargo, su uso prolongado o inadecuado puede tener consecuencias importantes en el desarrollo orofacial del niño. En este artículo te explico de forma clara y cercana por qué conviene prestar atención al uso del chupete, cómo puede afectar a estructuras como la mandíbula, la lengua o la respiración, y qué recomendaciones damos desde la logopedia.
¿Por qué los bebés usan chupete?
El reflejo de succión es innato y aparece desde antes del nacimiento. Es una función vital, necesaria para alimentarse, pero también tiene un componente calmante y regulador para el bebé. El chupete responde a ese reflejo y por eso es tan efectivo en determinadas situaciones. No es algo negativo en sí mismo, pero como todo en el desarrollo infantil, el problema aparece cuando se mantiene más allá del tiempo recomendado o se convierte en un elemento constante.
Repercusiones orofaciales del uso prolongado del chupete

- alteraciones en la mordida
Uno de los efectos más frecuentes del uso prolongado del chupete es la aparición de mordida abierta anterior. Esto significa que, al cerrar la boca, los dientes superiores e inferiores no llegan a tocarse, especialmente en la zona frontal. También puede provocar mordida cruzada o desviaciones en la línea media dental.
Estas alteraciones no sólo afectan a la estética dental, sino también a la funcionalidad: masticar, deglutir e incluso hablar pueden verse comprometidos. - cambios en la posición de la lengua
El chupete interfiere en la posición natural de la lengua. Mientras está en la boca, la lengua tiende a situarse en una posición baja y adelantada, lo que impide que desarrolle correctamente su función en la respiración, la deglución y el habla. Esto puede derivar en patrones como la deglución atípica, en la que la lengua empuja los dientes hacia adelante al tragar, perpetuando las maloclusiones. - respiración oral
Otro efecto importante es la aparición de respiración bucal. El uso constante del chupete puede contribuir a que el niño respire por la boca en lugar de hacerlo por la nariz, especialmente si se acompaña de congestión nasal habitual. La respiración oral prolongada puede afectar al desarrollo del paladar, a la
oxigenación del cerebro y al descanso nocturno, con consecuencias en la atención, la concentración y el comportamiento. - retrasos o alteraciones en el habla
Cuando el chupete se usa durante muchas horas al día, limita la oportunidad de ejercitar los músculos orales y de experimentar con los sonidos. Además, si está presente durante las etapas clave del desarrollo fonológico (entre los 12 y 36 meses), puede dificultar la adquisición de determinados fonemas, o alterar la precisión articulatoria. En algunos casos, los niños pueden presentar dislalias (errores en la pronunciación de ciertos sonidos) que no desaparecerán sin intervención logopédica.
Cuándo y cómo retirar el chupete
La recomendación general es retirar el chupete entre los 12 y los 18 meses. En algunos casos, se puede extender su uso hasta los 24 meses, siempre que sea de forma puntual, solo para conciliar el sueño o en momentos muy concretos. Más allá de esa edad, los riesgos superan claramente a los beneficios.
estrategias para una retirada respetuosa
- Hacerlo de forma gradual: empezar reduciendo los momentos de uso, por ejemplo, evitando que lo lleve al parque o lo tenga todo el día en casa. Posteriormente, limitarlo solo a la noche y, finalmente, retirarlo del todo.
- Explicar el proceso al niño: aunque sea pequeño, comprender lo que ocurre le da seguridad. Se le puede contar una historia, hacerle partícipe o incluso implicarlo en la “despedida del chupete”.
- Buscar alternativas de consuelo: como un peluche, una mantita o el acompañamiento del adulto. Es importante no sustituir el chupete por una pantalla o por chucherías.
El papel del logopeda en la prevención y tratamiento
Cuando detectamos señales de alerta como respiración oral, deglución atípica o dificultades en el habla, conviene realizar una valoración logopédica. El logopeda puede trabajar no solo la parte funcional (movilidad lingual, soplo, fonación…), sino también orientar a la familia en el proceso de retirada y colaborar con otros profesionales si es necesario (odontopediatras, otorrinos…).
En casos donde ya se han producido alteraciones orofaciales, la intervención miofuncional es fundamental. Este tipo de terapia está enfocada a reeducar los patrones musculares orales y favorecer un desarrollo armónico de las funciones básicas: respiración, masticación, deglución y habla.
Conclusiones
El chupete no es un enemigo, pero sí un recurso que debe usarse con cabeza. Acompaña al bebé en sus primeros meses, le ayuda a calmarse y puede ser muy útil en momentos puntuales. No obstante, mantenerlo más allá de lo necesario puede tener un impacto directo en el desarrollo orofacial y lingüístico del niño.
Como logopedas y como familias, nuestra labor es encontrar ese equilibrio entre consolar y permitir un desarrollo saludable. Retirar el chupete a tiempo, ofrecer alternativas, y observar cómo se desarrollan las funciones orales nos ayuda a prevenir muchas dificultades que, si se cronifican, pueden requerir tratamientos más largos y complejos.
El lenguaje y la boca van de la mano. Cuidar su desarrollo desde los primeros años es un regalo para toda la vida.




